¡La Tierra volverá a ser un único continente!

Dentro de 250 millones de años, se podrá caminar desde lo que hoy es Alaska hasta Australia, pasando por África y la Antártida, sin tener que mojarse los pies. Todos los continentes que hoy conocemos se habrán fusionado en una única gigantesca masa de tierra, Pangea Proxima, rodeada de un océano que ocupará el resto del globo. Es lo que especula el geólogo Christopher Scotese, de la Universidad del Noroeste en Evanston (Estados Unidos), que lleva desde la década de los ochenta desarrollando y refinando el proyecto Paleomap , un atlas de la historia de los continentes terrestres y de lo que les depara en un futuro hipotético.

Aunque de forma inapreciable para la percepción humana, los continentes no dejan de moverse. La litosfera, la capa más externa de la Tierra, que forma los continentes y el fondo oceánico, está resquebrajada y descansa sobre un manto de magma fluido. Los fragmentos de litosfera, llamados placas tectónicas, se desplazan sobre el manto a una velocidad que oscila desde los pocos milímetros hasta varios centímetros por año. “La solemos comparar con la velocidad a la que crecen las uñas”, ilustra Daniel García-Castellanos, geofísico del Institut de Ciències de la Terra Jaume Almera (ICTJA-CSIC). “Es un movimiento muy lento para nosotros, pero a escalas geológicas produce un efecto muy grande. En un millón de años, un continente se puede mover kilómetros”, añade en entrevista telefónica.

Los continentes se mueven a una velocidad equivalente a la del crecimiento de nuestras uñas

Los modelos actuales sobre la Tierra indican que hay tres procesos que impulsan el movimiento de las placas tectónicas. Según Christopher Scotese, el principal es el llamado subducción. Cuando dos placas tectónicas colisionan, los bordes se solapan. El borde que queda encima se eleva y se compacta, lo que provoca que se formen islas en el océano, como el archipiélago de Japón, o altas cordilleras, como los Andes en Sudamérica. El borde inferior, por el contrario, se introduce en el manto debajo de la litosfera y se hunde, ya que es más denso que el magma. Al hundirse, tira del resto de la placa, lo que retroalimenta el proceso.

En las regiones opuestas a los bordes de las placas en colisión, en cambio, se produce el fenómeno opuesto: “donde las placas se separan, para sustituir el espacio que dejan, ascienden materiales del manto terrestre, que tienen menor densidad y empujan las placas tectónicas”, explica Daniel García-Castellanos.

Por último, el manto experimenta un fenómeno llamado convección. La temperatura de la zona más interna del manto es más alta, lo que hace que los materiales sean menos densos y los empuja a ascender. Al llegar a las zonas externas, se enfrían, su densidad aumenta, y vuelven a descender. “Es lo mismo que ocurre cuando el agua hierve en una olla”, aclara García-Castellanos. “Todavía está en discusión cuál de los tres mecanismos es el más importante”, señala, en contraste con Scotese.

 

Un puzzle del tamaño de la Tierra

El primero en proponer que los continentes no habían estado siempre donde están ahora fue Alfred Wegener, un geofísico y explorador alemán que advirtió que las masas de tierra actuales encajan como un puzle. El ejemplo más evidente son Sudamérica y África. Wegener también observó fósiles de animales y plantas terrestres similares en costas separadas por el océano Atlántico. Ya que esos organismos no podrían haber cruzado el Atlántico, Wegener razonó que los continentes debieron estar conectados en el pasado. El geofísico publicó sus resultados en 1911, pero la comunidad científica lo ignoró, convencida de que los continentes eran inamovibles.

No fue hasta los cincuenta cuando las pruebas se hicieron irrefutables. “El campo magnético de la Tierra queda grabado en las rocas que se van formando a lo largo de la historia del planeta”, explica Daniel García-Castellanos. El magnetismo hace que las nuevas rocas que se forman se depositen en una orientación determinada según su posición en la Tierra. Al comparar las orientaciones magnéticas de las rocas en distintas regiones se pueden reconstruir sus posiciones en el pasado. El paleomagnetismo, como se conoce esta disciplina, demostró que Wegener había estado en lo cierto. Hace entre 335 y 175 millones de años existió un supercontinente que aglutinó todas las masas de tierra actuales: Pangea. Desde entonces, las medidas de paleomagnetismo han probado además que antes de Pangea hubo como mínimo otros cinco supercontinentes, a lo largo de la historia de la Tierra.

En la actualidad los geólogos también son capaces de medir directamente la velocidad de los continentes desde el espacio empleando sistemas de GPS de alta precisión, con antenas situadas en terrenos muy estables, señala García-Castellanos.

 

La Tierra del futuro

A partir de las velocidades a las que se mueven las placas tectónicas actualmente, de su historia y de la comprensión sobre los procesos que las impulsan, Christopher Scotese ha elaborado una serie de mapas que ilustran cómo será la Tierra en los próximos millones de años. “Aunque [estos mapas] son especulaciones informadas, no son ciencia. Nunca podemos saber realmente lo que nos depara el futuro”, puntualiza no obstante el investigador en el atlas en el que recopila los mapas.

“La posición futura de las placas tectónicas no entra en el ámbito científico, porque una de las premisas de cualquier trabajo científico es que se pueda probar. Y evidentemente no vamos a poder contrastar cómo va a ser la posición de las placas dentro de 250 millones de años”, coincide Daniel García-Castellanos. Las predicciones se vuelven más inexactas a medida que se alejan del presente. “Sin embargo, el trabajo de Scotese es muy riguroso y tiene un gran valor divulgativo”, matiza.

Según el pronóstico de Christopher Scotese, uno de los primeros eventos que tendrán lugar, antes de 25 millones de años, es que África colisionará con Eurasia y se cerrará el Estrecho de Gibraltar. Empujada por el continente africano, la Península Ibérica rotará en la dirección de las agujas del reloj hasta que el norte choque con la costa francesa, dentro de 50 millones de años. Para entonces, el Mediterráneo habrá desaparecido por completo. “Al encontrarse en una región con un clima muy seco, cuando se cierre el Estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo se evaporará en muy poco tiempo”, añade García-Castellanos, quien junto a su equipo demostró eso mismo ocurrió ya una vez, hace seis millones de años.

Fuente: La Vanguardia

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